¿Qué es un ictus? Factores de riesgo para padecer un ictus

Un ictus es un episodio agudo producto de una interrupción de la circulación del flujo sanguíneo que va al cerebro, que comporta una lesión cerebral y por consecuencia una pérdida de funciones cerebrales. Esta alteración puede ser por taponamiento o ruptura de una arteria; provoca que la sangre no llegue a una parte del cerebro y las células cerebrales de esa zona mueran, al no recibir el oxígeno necesario para vivir, dando lugar al daño cerebral. En función de la zona cerebral afectada, los síntomas originados serán de un tipo u otro (de expresión, de movimiento…).

El ictus es la primera causa de discapacidad médica en adultos. Más de 15 millones de personas sufren un ictus cada año, de las cuales un tercio muere y otro tercio queda con una discapacidad permanente. El ictus afecta generalmente a gente mayor, aunque hay un porcentaje bastante elevado de ictus en personas de menos de 65 años.

¿Hay distintos tipos de ictus?

Hay dos grandes tipos de ictus: los ictus isquémicos y los hemorrágicos. Los ictus isquémicos se producen por la obstrucción de una arteria cerebral y son los más frecuentes (representan alrededor del 80-85% del total). Puede producir lesiones cerebrales irreversibles (infarto cerebral) o transitorias (Ataque Isquémico Transitorio o AIT). Los ictus hemorrágicos o derrames cerebrales se producen por ruptura de una arteria, que provoca un derramamiento de sangre en el encéfalo. Pueden ser cerebrales si el coágulo está dentro del cerebro, o bien subaracnoideos, si el coágulo se sitúa en el espacio entre el cerebro y las membranas que lo recubren.

El cerebro es la ‘base de comandos’ de nuestro organismo: regula nuestras acciones y actividades; y está especializado funcionalmente por áreas, de manera que cada región cerebral tiene una función específica: el movimiento, el habla, la visión… Por este motivo, las consecuencias del ictus variarán en función de la zona afectada por la lesión. La persona puede verse privada de movimientos en una parte de su cuerpo, de la capacidad para hablar o expresarse, de la capacidad para oír o ver…

 

En términos generales, un ictus en el hemisferio derecho suele producir parálisis del lado izquierdo del cuerpo (hemiplejía izquierda, cuando la parálisis es completa, o hemiparesia izquierda cuando la parálisis es parcial y se conserva algún grado de movilidad), y pueden aparecer problemas de percepción del espacio que pueden ocasionar problemas al conducir las manos con el fin de coger un objeto, estimar la distancia entre dos puntos de la habitación o bien al atender objetos que se sitúan en la parte izquierda del afectado (negligencia izquierda). También puede aparecer anosognosia (no reconocimiento de las secuelas tras el ictus).

Asimismo, un ictus en el hemisferio izquierdo ocasiona problemas con el movimiento del lado derecho del cuerpo, y alteraciones del lenguaje, conocidas generalmente por el nombre de afasia. La afectación del lenguaje puede ser de distintos tipos, desde la incapacidad de expresarse o comprender lo que nos dicen, a la dificultad en encontrar las palabras adecuadas, o los problemas en lectura y escritura. El lenguaje es una de las funciones cognitivas más importantes, ya que nos permite relacionarnos y conectar con el mundo que nos rodea, de ahí que las secuelas en el lenguaje sean, después de las motoras, uno de los temas más importantes a abordar en la rehabilitación de la persona afectada por un ictus.

“Actuar rápidamente es imprescindible para minimizar o evitar las secuelas.”

La característica principal del ictus es que los signos y síntomas aparecen de manera repentina. Existen 5 signos que nos pueden ayudar a identificar un ictus:

  • La alteración REPENTINA de la VISIÓN en un ojo o ambos.
  • La pérdida REPENTINA de la FUERZA en un brazo, una pierna o ambos.
  • La aparición REPENTINA de problemas para HABLAR y/o ENTENDER lo que nos dicen.
  • La aparición REPENTINA de DESEQUILIBRIO o INESTABILIDAD.
  • La aparición REPENTINA de DOLOR DE CABEZA.

¿Cuáles son los factores de riesgo para padecer una enfermedad vascular?

Existen factores de riesgo llamados no modificables, como son la edad, el sexo, la herencia… sobre los que no podemos actuar y otros factores sobre los cuales sí que se puede intervenir y prevenir:

  1. Hipertensión arterial, las arterias se endurecen a medida que soportan una presión alta de forma continuada, se vuelven más gruesas y serpenteadas, hecho que puede provocar que el paso de la sangre se vea dificultado y que aumente el riesgo de que se deterioren o se rompan, provocando hemorragias en el cerebro, entre otros órganos vitales como el corazón. La presencia de hipertensión incrementa cuatro veces la probabilidad de sufrir un ictus. Un 40% de los ictus pueden atribuirse a la hipertensión.
  2. Colesterol, gran conocido por su efecto obturador de las arterias.
  3. Diabetes. El riesgo de sufrir un ictus en personas diabéticas es de 2 a 4 veces mayor que en la población con azúcar normal.
  4. Obesidad, ya que se relaciona muy estrechamente con la aparición de hipertensión y diabetes.
  5. Ejercicio Físico: La actividad física tiene claros efectos protectores contra el riesgo de ictus. Aquellas personas que efectúan poco ejercicio físico tienen unas cifras de presión arterial superiores a los más activos físicamente.
  6. Tabaco: El tabaco es uno de los principales factores de riesgo de sufrir un ictus. Existe una clara relación entre el número de cigarrillos y el riesgo de ictus, con un mayor incremento a partir de 20 cigarrillos al día.
  7. Otros: alcohol, drogas…

En los jóvenes y adultos de mediana edad y sin factores de riesgo siempre hay que considerar la posibilidad de que el mecanismo subyacente a la hemorragia sea estructural, es decir, que exista una anomalía o sustrato anatómico para el desarrollo de la hemorragia, concretamente aneurismas y malformaciones vasculares cerebrales.

¿Qué tipo de secuelas pueden aparecer y qué se puede hacer?

Sin duda, una de las mayores preocupaciones del ictus son las consecuencias que puede ocasionar en la persona que lo padece. Como he intentado apuntar, las secuelas asociadas al ictus dependerán de la localización de la lesión en el cerebro, y de la envergadura de la misma. Así pues, acostumbran a aparecer dificultades en el sistema motor (dificultades para andar y mover las extremidades, para mantener el equilibrio, coordinar los movimientos…) o alteraciones en el lenguaje (afasia o disartria). Aunque también pueden aparecer alteraciones de la sensibilidad (tacto, percepción de la temperatura…), alteraciones en la deglución, disminución del campo visual, alteraciones neuropsicológicas como dificultades en mantener al atención y la concentración, el razonamiento, el reconocimiento del propio cuerpo, problemas de memoria, etc. Asimismo, pueden asociarse también problemas emocionales tales como dificultad para controlar las emociones, labilidad emocional, apatía… En algunas ocasiones también pueden aparecer problemas relacionados con la sensación de dolor y que comportan la aparición de hormigueo, ardor o picor en cara o extremidades.

Toda consecuencia comporta una discapacidad, de manera que será necesaria una adaptación de la vida diaria, ya sea temporal o definitivamente, con el objetivo de adaptarse y convivir de la mejor manera posible con la nueva situación. Una pieza clave después de padecer un ictus es la terapia de rehabilitación, que se debe empezar lo más pronto posible, con una intervención multidisciplinar e intensiva al menos durante los 3-6 primeros meses. Después de este tiempo se llega a una fase de estabilización, en la que se debe continuar trabajando de forma sistemática ya que durante el primer año el paciente es más probable que pueda ir recuperando capacidades.

El tipo de rehabilitación que se puede plantear al enfermo dependerá de la afectación, las necesidades, posibilidades y la fase de evolución de la lesión, pero siempre se debe considerar desde una perspectiva multidisciplinar: médica, fisioterapia, neuropsicológica, logopedia, terapia ocupacional…

De este modo, pueden plantearse distintos tipos de terapias para el paciente que ha sufrido un ictus:

  • Terapia de rehabilitación física o fisioterapia, para recuperar el equilibrio, mantener la postura derecho, volver a aprender a andar y prevenir caídas.
  • Terapia de rehabilitación del lenguaje o logopedia, para ayudar al paciente a desarrollar estrategias para comunicarse eficazmente.
  • Terapia de rehabilitación cognitiva o neuropsicológica, para estimular y activar las funciones cerebrales comprometidas y optimizar el rendimiento de las habilidades cognitivas preservadas.
  • Terapia ocupacional, para la valoración del uso de ayudas técnicas que faciliten la autonomía del paciente en el día a día.
  • Terapia farmacológica, supervisada por un médico, para controlar el dolor, la espasticidad y la posible sintomatología depresiva.
  • Terapia psicológica, para el apoyo emocional en la nueva situación.

 

Acerca de Judit Sànchez

Neuropsicóloga
Esta entrada fue publicada en Cerebro, Estimulación cognitiva, Ictus y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>